Solo el PRD salva al PRD

Por en febrero 7, 2013

<b>La crisis de la división, como bien podría llamarse,
que en estos momento afecta a esa entidad política, aunque probablemente nunca
vista en esa magnitud actual, es algo consuetudinario a lo interno de dicha
organización, de cuyos embates violentos relativos, y efectos derivados, siempre
ha logrado finalmente librarse, y sobreponerse después, por lo que a nadie debe
sorprenderle que de nuevo pueda ocurrir lo mismo.</b>

Claro, en las presentes circunstancias políticas en
que vive el país, hay mucha gente apostando, por diversas razones, a que la
situación actual de enfrentamientos grupales que allí se registra, dé al traste
con la existencia misma de la organización. Obviamente, sin detenerse ninguno
de ésos a pensar, de manera sosegada e imparcial, lo que una eventual
desaparición de dicho partido podría significar ahora, para el cuestionado
clima de democracia en que vive la nación dominicana.

Lo que ocurre en tal sentido es que, hay grandes
apasionamientos, fanatismos, y conveniencias personales incidiendo en esos
deseos, que no permiten percatarse, como tampoco prever ciertos riesgos
probables envueltos, asociados con determinados asuntos internos de carácter político
inherentes, que bien podrían complicarse de forma significativa, y hasta dar al
traste con el poco estado de paz y sosiego en que se encuentra la nación hoy.

Eso hace además que, a veces, al que puede “ver algo
más allá de curva”, como decía un connotado líder político nuestro, sentado en
las gradas, y contrario a todos aquellos que sólo pueden hacerlo hasta la punta
de su nariz, se le catalogue como perteneciente a ciertos sectores, o
agrupaciones políticas, cuando en realidad no es así.&nbsp;

Lo que sucede es que,&nbsp;
los que pueden disfrutar de independencia mental, enjuician las cosas reflexivamente,
al margen de cualquier posición parcializada. Y, en el orden político propiamente,
pensando siempre en favor del país, no en facción particular alguna; sino,
regularmente en todas, con sus virtudes y defectos.

Ahora, por otro lado, aunque en mismo tenor de lo que
se trata, debido a&nbsp; ese hábito
“guerrillero” ocasional, que con el tiempo se ha ido&nbsp; convirtiendo en una fuerte costumbre más
bien, a lo interno del PRD, se colige que, dado lo que anteriormente se ha
vivido, en términos de las mediaciones externas, y las intercesiones directas
en pos de solucionar conflictos acaecidos antes, ha quedado comprobado que
tales alternativas sólo resuelven por el momento; y que luego, situaciones
iguales de enfrentamientos personales de nuevo se originan, y ponen en peligro
el quehacer rutinario, como la permanencia misma de la entidad como tal.

Con el PRD, viene ocurriendo igual que pasa con
aquellas personas que desoyen consejos para enmendar ciertos comportamientos
impropios que les afectan, las cuales, hasta no tomar la decisión de sentarse
cómodamente en una mecedora, a revisar actitudes y formas de comportarse,
autorevisarse por completo, nunca tienden a cambiar.&nbsp; Son ellas mismas, cuando optan por hacerlo,
las que ponderan corregir sus procederes inadecuados, y los posibles beneficios
que se puedan derivar a partir de entonces.

Lo mismo deben hacer en estos momentos la principales
figuras perredeístas, ya que nadie fuera de la entidad, va a hacer cambiar
muchos procederes personales enraizados a lo interno de la misma.&nbsp; Se tiene que estar dispuesto allí a deponer
actitudes y apetencias individuales;&nbsp; a
pensar sólo en la reorganización del partido, y su salvaguarda oportuna, con la
“reingeniería” requerida, en pos de poder regresar otra vez al poder, y de
legar ese ícono histórico de la política nacional a las nuevas generaciones.

Por lo delicada que se ha tornado la situación de
crisis que acontece dentro de esa mayoritaria institución política nacional,
algunas personalidades y sectores influyentes de la República han estado
abogando por la intermediación de la Iglesia Católica, con la participación de
su cúpula dirigencial en el país, a los fines de buscar una solución consensuada
al mayúsculo problema que hasta ahora enfrenta a esa clase partidarista, por
entenderse que la gran entidad religiosa cuenta con la credibilidad suficiente
para hacerlo, lo cual no necesariamente es así, por una serie de circunstancias
que rodean la misma, incluso tintadas de determinadas preferencias políticas.

Además, sobre eso se debe decir que, aquí hay otras
iglesias que profesan filosofías distintas, que en todo caso también deberían
ser tomadas en consideración para tal propósito, ya que sus militantes por
igual forman parte del gran conglomerado social nuestro, que de manera similar
resulta afectado por las decisiones que emanan de los gobiernos que se gasta la
República, capitaneados por los políticos del patio, pertenecientes a todos los
partidos del ruedo nacional.

¡No poco, o nada se va a lograr con eso!, sean cuales
sean las que participen para tratar de remediar el asunto. Se recogerán, si es
que pueden hacerlo, los mismos frutos transitorios acostumbrados. Sólo por el
momento. ¿Y después qué?, más de lo mismo se tendrá.

No obstante, y aunque así algunos lo prefieran y lo
recomienden, &nbsp;se debe reflexionar sobre
que, las cuestiones concretamente políticas de la nación, no deben ser de la
competencia de ninguna organización religiosa, ya que tales entidades deben
supeditarse al cumplimiento de su rol esencial: guía espiritual, labores de
orientación moral, como de servicios altruistas en favor de la sociedad en
general.

“Zapatero a tus zapatos”, como reza una frase
popular.&nbsp; Los curas y pastores, en sus
diferentes categorías, a predicar, orientar y edificar sobre Dios, desde los
diversos púlpitos. Los políticos, por su parte, llámanse perredeístas, o como
sea, a usar la inteligencia, el raciocinio humano, la capacidad pensante, para
resolver sus conflictos internos y las desavenencias personales, disponiéndose
a ocupar las sillas correspondientes en las mesas para diálogos; conversando
sobre las situaciones desagradables y dañosas que puedan afectar de manera
considerable a sus respectivas instituciones; analizando los posibles efectos
gravosos &nbsp;particulares inminentes; &nbsp;y, por consiguiente, los desenlaces indebidos
que puedan perjudicar&nbsp; al &nbsp;país en sentido general.

Autor: Rolando Fernández

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