Pascualito lo merece




Todavía me parece verlo, hacia el año 1970, allá en su casa de la calle París casi esquina Doctor Betances junto a German (Niní), Roberto (Robin) y Rosa (La Niña), cuatro hermanos que criaron con su abuela paterna, doña Herminia, madre de German Díaz, el progenitor de la mencionada prole, a quien apodan “México” porque tenía un taller de grúas con ese nombre.
Niní, La Niña, Robin y, en especial, Pascualito, se levantaron ligados al deporte de la malla y el balón, pero también enfocados en sus estudios. Los dos primeros marcharon a Mao, de donde tengo entendido es oriunda la señora madre de todos ellos, y allá echaron raìces y se desarrollaron profesionalmente, ella en lo pedagógico y él consagrándose como un juez de esmerada probidad.

Pascualito y Robin permanecieron con su abuela paterna, ahora ubicados en el edificio de la misma calle, pero esquina Josefa Brea, casi frente a la Plazoleta La Trinitaria.

Desgraciadamente, Robin nos dejó hace ya varios años, truncándose una prometedora carrera de periodista, pero se fue con el corazón ungido de bondad y su fervor pentecostal aun nos contagia. Por eso puedo asegurar que mora junto a Jehová.

Pascualito se enamoró tanto del voleibol que prácticamente hizo del Club Deportivo y Cultural Bameso, su equipo de siempre, su casa principal. Yo, desde la forzosa barrera de la distancia que imponen los compromisos individuales, seguía sus hazañas y sus constantes triunfos como líder indiscutible de su equipo, con el que logró la friolera de 13 campeonatos, una innegable dinastía.

En algunas ocasiones pasaba por el local del laborioso club del Barrio Mejoramiento Social, de cuyas primeras sílabas surge el término Bameso, unas subrepticiamente sólo para verlo entrenar y otras para saludarlo y dejarle saber que por màs lejanìa de por medio y por más que se ampliaran las franjas del tiempo sin encontrarnos, l cariño y la admiración ondeaban incólumes. Y esa realidad no ha cambiado ni cambiará.

Una que otra vez me involucré, junto con mi hermano Aquiles, en las celebraciones del Bameso, allá en la intercepción de las calles Juana Saltitopa y Concepción Bona, compartiendo con el disciplinado atleta y mi buen amigo Osvaldo Rodríguez Surcar, quien en una de esas me presentó al exitoso entrenador Julio Frías y a los talentosos jugadores Cristian Cruz y a Lapaix.

Parsimonioso, humilde, respetuoso y siempre tan correcto, recuerdo la última vez que lo fui a ver jugar, en el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte, en el fragor de un torneo internacional. Acudí junto a mis dos primeros hijos Wilver Omar y Melody Arlenne y una vez más Pascualito demostró su grandeza y su impecable clase de jugador emblemático de la selección nacional, de la cual fue capitán por muchos años, en su rol de acomodador.

Para entonces estaba en las postrimerías de su brillante carrera como voleibolista de nivel superior, pero el orgullo nos brotó y corrimos a saludarlo con enorme alegría, pues mis hijos nunca lo habían visto jugar hasta esa noche.

Su debut se verificó en el año 1976, bajo las riendas del respetado entrenador Miguel Beato Cruz y de inmediato demostró que era un atleta de primer orden, siendo escogido Jugador Más Valioso, honor que compartió con Nelson Brens, lo que decretó su ingreso al combinado nacional, al que perteneció por espacio de 13 años, participando con notas sobresalientes en diversos certámenes nacionales e internacionales.

Los logros de Pascualitos son numerosos, pero detengámonos a citar algunos:

• Miembro del equipo nacional que ganó la medalla de plata en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, celebrados en Santiago, R.D., en el año 1986.
• Medalla de plata, en 1990, en los Centromericanos Universitarios efectuados en Guatemala.
• Reforzó el equipo argentino semiprofesional Obras Sanitarias, en 1987.
• En España también jugó en calidad de refuerzo con el combinado del Crispa, en Palma de Mayorca, en 1989, conglomerado con el que alcanzó las etapas finales de la Copa Europea de Campeones que, en 1990, se llevó a cabo en Holanda.
• Fue figura estelar del deporte que lo apasionó y participò en cuatro versiones de los Juegos Deportivos Nacionales.
• Tuvo tambièn destacadas actuaciones en los Panamericanos de Puerto Rico (1979) e Indianápolis (1983), como en los Centroamericanos y del Caribe de Medellín, Colombia (1978), La Habana, Cuba (1982), Santiago ´86 y México (1990), así como en dos certámenes entre equipos campeones del área centroamericana.

Uno de los grandes momentos de su trayectoria lo vivió en 1979, durante un torneo Norceca celebrado en Cuba, cuando integrò el equipo que venció al hegemónico conjunto de los Estados Unidos. Ahí Pascualito demostrò por què se le considera entre los mejores acomodadores dominicanos de todos los tiempos, sino el mejor.

Dicen que el melao de casa es el màs dulce y no voy a negarlo, pero sin duda este caballeroso atleta, que lleva màs de una década residiendo en la ciudad norteamericana de Chicago, con su esposa y su hija, merece un nicho entre los inmortales del deporte de la República Dominicana, porque fue un grandioso ejemplo dentro de la cancha y lo ha sido siempre fuera de ella.

Dios te bendiga siempre, Pascualito, y tambièn a La Niña, Niní y a Robin dondequiera que esté.



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La Redacción
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