Kennedy: el hombre y el destino

Luis R. Decamps, historiador y abogado.




Por Luis R. Decamps R. (*)

John Fitzgerald Kennedy, el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América, fue una de las figuras mas descollantes del humanismo político continental de la segunda mitad del siglo XX, y aunque su presencia en la vida pública fue relativamente breve y salpicada de incidencias extrañas y hasta contradictorias (su ingreso a la política y su conversión en líder partidario estuvieron precedidos de múltiples imponderables e inconsistencias), dejó una impronta imperecedera tanto en su país como en el resto del mundo.

Kennedy nació en Brookline, Massachussets, en 1917, fruto del matrimonio de Joseph P. Kennedy (rico negociante e influyente cabildero político) y Rose Fitzgerald (hija de uno de los más populares dirigentes demócratas de Boston), y desde muy temprana edad cada cierto tiempo debió estar bajo cuidado médico en hospitales o en lugares de reposo (tanto de niño como de joven sería enfermizo y enclenque), lo que le haría desarrollar cierta afición por la lectura y una tendencia a hacer uso de la palabra ingeniosa para establecer relaciones y sobresalir entre los miembros de su generación.

En 1940 Kennedy se recibió de politólogo en Harvard (Ciencias Políticas, mención Relaciones Internacionales) después de superar varios inconvenientes personales y académicos (derivados sobre todo de su proclividad a la desidia y a la juerga), y por sugerencia de su padre publicó como libro su tesis de grado: “Why England Slept” (“Por qué se durmió Inglaterra”). En este texto, que se inspiraba en el de Winston Churchill titulado “Mientras Inglaterra dormía”, analizaba las causas del empuje y la creciente principalía de la Alemania nazi en Europa.

Debido a las citadas precariedades de salud, el padre de John (que siempre tuvo cerradas las puertas del liderazgo político por su origen irlandés, su mala fama como empresario, su propensión al chantaje y sus ideas ultra conservadoras y germanófilas) no le veía condiciones para “nada grande en la vida”, y por el contrario se había empeñado en preparar al mayor de sus hijos, Joseph P. Kennedy Jr. (familiarmente conocido como Joe), para que se convirtiera en una gran figura nacional y, eventualmente, en presidente de los Estados Unidos.

El destino, empero, le jugaría una mala pasada al patriarca de los Kennedy: el joven Joe, piloto de la Armada estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, moriría el día 12 de agosto de 1945 cuando su avión explotó en una misión voluntaria (había acumulado el tiempo reglamentario en servicio y podía marcharse hacia su casa si lo deseaba, pero decidió buscar mayor reconocimiento con una “acción grande”) dentro de la peligrosa y altamente secreta “Operación Afrodita”.

En esas circunstancias, John (que era el segundo en edad de los varones e inicialmente había pensado dedicarse al periodismo) decidió incursionar en la actividad política, y en 1946, aún con las dudas manifiestas del viejo Joe sobre sus capacidades personales y posibilidades de victoria, se lanzó a la caza de una nominación demócrata para la Cámara de Representantes aprovechando el vacío que sorpresivamente dejaba en su distrito James Michael Curley (que aspiraría a la alcaldía de Boston), y en las elecciones de noviembre, con menos de 30 años de edad, alcanzaría tal puesto congresual.

En las elecciones de 1952, ahora con el auspicio abierto de su padre, Kennedy fue electo senador de Massachussets venciendo a una rival que se consideraba entonces imbatible (el avezado y exitoso senador republicano Henry Cabot Lodge, Jr), y desde su curul comenzaría una sostenida labor de exposición pública que lo convertiría en una figura política nacional. En 1955, mientras se recuperaba de una cirugía de la espalda, escribió (con la ayuda de Ted Sorensen, intelectual que también sería el autor de sus principales discursos) un libro de biografías breves titulado “Profiles in courage” (“Perfiles de coraje”), con el cual ganaría el premio Pulitzer. Este hecho ensancharía notablemente su imagen pública y le daría cierto prestigio entre los intelectuales y la clase media educada de la época.

A pesar de que durante su carrera como congresista Kennedy se mostró casi siempre ambivalente e indeciso (y a veces poco interesado en los grandes temas en debate), con la asistencia de los periodistas “amigos” de su padre y el trabajo de sus asesores en publicidad logró proyectar una imagen de político moderno, carismático y visionario, y a fines de los años cincuenta (debido a que Adlai Stevenson -el candidato demócrata de las elecciones de 1952 y 1956- prácticamente se había ausentado del ruedo electoral) era visto por muchos observadores y analistas como el representante más conspicuo de las nuevas generaciones de su partido, disputándole el liderazgo a varios de sus más prestigiosas figuras (Humphrey, Morse, Johnson, etcétera).

En aquella época de conservadurismo, militarismo y “Guerra Fría”, los adversarios de Kennedy decía de él que presentaba los tres “defectos” que justamente no podía tener el presidente de los Estados Unidos: origen irlandés (que era como decir que pertenecía a una minoría étnica “de segunda” y poco apreciada); políticamente inclinado al humanismo (sinónimo de debilidad frente al adversario), aunque a veces sólo de manera instintiva o propagandística; y católico, es decir, miembro de una fracción religiosa sectaria y punto menos que ridícula para el norteamericano común (que, para colmo, responde a la autoridad espiritual de un Estado extranjero, el Vaticano).

En adición a lo anterior, la mayoría de los expertos de la política recordaban insistentemente que hasta ese momento el único senador activo que había llegado a la presidencia de los Estados Unidos había sido Warren Harding en 1921, y ponían en duda que los ciudadanos se decidieran por elegir a un candidato sin verdadera experiencia ejecutiva de Estado. En el caso de su adversario para las elecciones de 1960, se trataba del diestro político republicano Richard Nixon, y éste, si bien se había desempeñado como senador de California (1950-1953), atesoraba la envidiable experiencia de haber sido vicepresidente durante dos períodos del popular presidente Dwight Eisenhower (1953-1961).

No obstante esos handicaps, Kennedy, con una mezcla de caudaloso apoyo político-financiero (de su padre y sus amigos), discurso inteligente, carisma personal, habilidad para ganarse a las minorías y adecuada táctica de alianzas (asumió algunas de las causas del humanismo y el liberalismo, pero escogió a un sureño, Lyndon Johnson, como compañero de boleta), le ganó las elecciones de noviembre de 1960 a Nixon por sólo 130,000 sufragios (49,7% contra 49,5%, aunque obtuvo 303 votos electorales contra 219, y eran necesarios 269 para ganar). Como dato sintomático, 14 electores (de los segregacionistas estados de Missisipi y Alabama) se negaron a validar a Kennedy porque éste apoyaba a los grupos que luchaban por los derechos civiles de los negros.

La ceremonia de instalación de Kennedy se efectuó el 20 de enero de 1961, y aunque fue un acto en el que no faltaron las evocaciones a las tradiciones históricas estadounidenses, hubo claros indicios de que un nuevo estilo de gobierno se avecinaba: la ambientación era vanguardista, unos versos del poeta Robert Frost le dieron apertura y entre los invitados sobresalían 155 escritores, artistas e intelectuales. El juramento de rigor sería tomado por Earl Warren, presidente de la Corte Suprema de Justicia (el mismo que luego presidiría la comisión investigadora del asesinado de Kennedy).

En su primer discurso como presidente de la Unión (titulado “Revolución de esperanzas”), el mandatario anunciaba “una renovación a la par que un cambio” para el país, porque “la antorcha ha pasado a manos de una nueva generación de estadounidenses… no dispuestos a permitir la lenta desintegración de los derechos humanos”, y preparados para “pagar cualquier precio” por “la supervivencia y el triunfo de la libertad”. Asimismo, declaraba su “determinación de no permitir que una forma de dominación colonial desaparezca solamente para ser reemplazada por una tiranía harto más férrea”, recordando que en el pasado “los que insensatamente se entregaron a buscar el poder cabalgando a lomo de tigre acabaron invariablemente devorados por su cabalgadura”.

Igualmente, Kennedy proclamó la decisión de la naciente administración de promover en el mundo la lucha por “romper las cadenas de la miseria” y por “la búsqueda de la paz”, llamando a los adversarios de los Estados Unidos a una acción conjunta para explorar “las estrellas”, conquistar “los desiertos”, extirpar “las enfermedades”, aprovechar “las profundidades del mar” y estimular “las artes y el comercio”. En cuanto a latinoamérica, le hizo un llamado a la unidad en “una nueva Alianza para el Progreso” que garantizara “ayudar a los hombres libres y a los gobiernos libres a despojarse de las cadenas de la pobreza”.

Finalmente, Kennedy dijo: “Los clarines vuelven a llamarnos. No es una llamada a empuñar las armas, aunque armas necesitamos; no es un llamado al combate, aunque combate entablemos, sino un llamado a sobrellevar la carga de una larga lucha año tras año, “gozosos en la esperanza, pacientes en la tribulación”: una lucha contra los enemigos comunes del hombre: la tiranía, la pobreza, la enfermedad y la guerra misma”.

A tono con el espíritu de ese discurso, el primer acto de gobierno de Kennedy fue firmar una orden ejecutiva en virtud de la cual se aumentaba la variedad y se multiplicaba por dos la cantidad de raciones alimenticias gratuitas que la Administración le otorgaba a los cuatro millones de “necesitados” de la propia Unión.

El gobierno de Kennedy atacó a las mafias organizadas que controlaban monopólicamente múltiples áreas de la producción y la distribución de bienes o servicios, se enfrentó a las apetencias de los industriales del acero, pactó con los gremios de trabajadores, se mostró favorable a la lucha por las libertades civiles, y puso en marcha la anunciada “Alianza para el Progreso”, un formidable programa de ayuda material y espiritual para latinoamérica basado en su creencia de que la mejor forma de enfrentar al comunismo era “combatiendo la pobreza y la desigualdad”.

Durante su mandato Kennedy fue objeto de innumerable ataques políticos y personales, y diarios reconocidos (como Wall Street Journal y el Times de Los Ángeles) y comentaristas nacionales y locales de variada estofa les fueron francamente hostiles. También fue enfrentado con inusitada violencia por los políticos conservadores (incluyendo los de su propio partido), los grupos racistas, los sindicatos mafiosos y los sectores financieros e industriales del llamado “Gran Dinero”.

El prestigio popular de Kennedy, empero, se mantenía incólume, y pocos dudaban de que en las elecciones pautadas para noviembre de 1964 fuera electo para un segundo mandato presidencial, pero el destino una vez más dispuso por encima de sus propias expectativas, aspiraciones o deseos: el 22 de noviembre de 1963, mientra se encontraba de visita en Dallas, Texas, fue alcanzado por varios disparos letales realizados alegadamente por Lee Harvey Oswald, un joven de 24 años que dos días después también resultaría asesinado en la misma ciudad por un mafioso de poca monta conocido como Jack Ruby.

Aunque la versión oficial de la muerte de Kennedy (servida por la “Comisión Warren” en septiembre de 1964) deja implícita una alegada “conexión” ideológica cubana y todavía se discute sobre las causas y los verdaderos responsables materiales e intelectuales del magnicidio, un hecho parece estar fuera de todo debate: la atmósfera política que hizo posible el luctuoso acontecimiento había sido creada por la actitud renovadora del mandatario y sus constantes choques con los sectores que tradicionalmente habían controlado el poder en los Estados Unidos.

No se puede olvidar que en su discurso de juramentación Kennedy había dicho: “Así, pues, compatriotas: pregúntense, no lo que su país puede hacer por ustedes, sino lo que ustedes pueden hacer por su país”… Unas palabras que, sin dudas, indicaban que con él una nueva generación de dirigentes y una visión inédita de la acción gubernamental habían llegado a la Casa Blanca, y esto, obviamente, no era del agrado de mucha gente en los Estados Unidos.

(*) El autor es abogado y profesor universitario
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