El voto opositor

Danilo Cruz Pichardo.




La Marcha Verde tiene el mérito de haber unificado a toda la oposición política en torno a la lucha por el fin de la impunidad y la corrupción. Tiene el mérito, además, de haber encendido la chispa al denunciar irregularidades, movilizar a la población y exigir justicia ante una oposición que durante mucho tiempo lució incapaz de conectar con la sociedad dominicana.

Y podría ganarse el derecho de postular a un candidato presidencial apoyado por todas las fuerzas políticas y entidades de la sociedad civil que aspiran a la salida del PLD del poder político.

El problema está en que a la Marcha Verde le hace falta un general, es decir, un líder carismático y con autoridad para promoverlo y proyectarlo como candidato presidencial. Lamentablemente, al momento, no se observa a ese líder.
Sus promotores, siquiera, han sido capaces de formar a una directiva y presentar a un liderazgo colegiado. ¿Quiénes son los directivos de la Marcha Verde? La población no los conoce.

En la Marcha Verde hay mucha gente decente, de clase media, en su mayoría jóvenes académicos adornados de inquietudes sociales, asqueados por la podredumbre que impera en el Estado dominicano. Sin embargo, casi todos sus promotores carecen de experiencia política electoral y desconocen que para ganar unos comicios hay que hacer como las guaguas públicas, es decir, dejar que se monte todo el que quiera, pues es un imposible construir una mayoría sólo con gente decente.

Y mientras la Marcha Verde sigue focalizada en luchar contra la corrupción y la impunidad, los candidatos del PRM aceleran su proselitismo en torno a la estructura que tiene esa organización política en toda (o casi toda) la geografía nacional, por lo que podría ganarle la iniciativa en la escogencia de una opción presidencial opositora.

Naturalmente, depende la escogencia que haga el PRM. Si escoge a Hipólito Mejía, con el descrédito y alto rechazo electoral, de forma espontánea la oposición optaría por otra alternativa.

De manera que todavía la opción electoral opositora no está definida, pero será muy pronto. Pronto porque el acontecer político luce acelerado y el oficialismo y la oposición, el año entrante, podrían definir sus candidatos con miras a la contienda del 2020. Y en un país como el nuestro, con tendencia a la bipolarización, la gente sufraga por las dos opciones con mayores posibilidades.

Y como el deterioro moral del oficialismo es creciente y la gente muestra cansancio y paciencia agotada con el PLD, observo a una oposición fuerte, diferente al cuatrienio anterior, donde el presidente Medina y el PLD exhibían a diario resultados de encuestas con altas tasas de aprobación. Esas encuestas se siguen haciendo, pero los resultados no se revelan, porque todo indica que son desfavorables.

No se vislumbra un escenario electoral ventajoso para el oficialismo, indistintamente del candidato que encabece su boleta. (El simple intento de modificación de la Constitución de la República, para que el presidente Medina pueda optar por otro período presidencial, provocará protestas inmediatas en todo el país).

Si se diseña un frente opositor bien aglutinador podría alzarse con 22 o 24 senadurías. Y en las presidenciales la oposición ganaría con un porcentaje superior al 50%, en el hipotético caso de que los comicios sean libres, aspecto que luce muy difícil ante la falta de imparcialidad de los órganos electorales.

Es que PLD es una corporación que se muestra aferrada al poder no sólo por los privilegios y el enriquecimiento ilícito de sus miembros más prominentes, sino también por el temor a justicia, razón que hace que se unifique en torno a uno u otro y se valga de todos los medios a su alcance para continuar controlando los poderes públicos.

De todos modos, la oposición política tiene que actuar de forma inteligente, aglutinándose en un solo frente y con atractivas ofertas electorales a los más diversos puestos y en las diversas provincias. El voto opositor no se puede dispersar, pues es una prioridad nacional sacar del poder político al PLD para, por lo menos, recobrar la institucionalidad.