Santiago de Cuba vive el problema racial de otra manera

La filóloga Mercedes Lina Cathcart junto a sus dos nietos, Javier Alejandro y José Ernesto Bonne, en su vivienda en la ciudad de Santiago de Cuba, en el este del país caribeño. Crédito: Jorge Luis Baños/IPS




Por Ivet González-SANTIAGO DE CUBA, Cuba, 16 Ene 2019 (IPS) – Sonriente y apacible, la jubilada Mercedes Lina Cathcart deletrea su raro apellido antes de compartir su percepción sobre la discriminación racial, en su casa de un barrio residencial en Santiago de Cuba, la segunda ciudad del país.

«En Santiago no ha habido una discriminación racial abierta», valoró esta filóloga de padre jamaicano, que a sus 81 años todavía realiza alguna que otra asesoría a estudiantes. «Una siempre la siente en carne propia aunque no ha sido una limitación para el proceso de mi vida», continuó la antigua profesora universitaria.

Cathcart añadió que «sí, siempre hubo un prurito (discriminatorio) hacia los hijos de jamaicanos y haitianos. Eso siempre lo percibimos», aunque desconoce si eso se mantiene en la actualidad hacia los numerosos descendientes, mayoritariamente negros y mestizos, de migrantes de islas vecinas.

Con una gran ciudad patrimonial como capital, la provincia de Santiago de Cuba es la segunda de Cuba con más proporción de población negra y también la segunda con mayor índice de mestizaje, algo visible en sus 1.051.069 habitantes esparcidos por sus urbes y zonas rurales, donde abundan paisajes montañosos que lamen las costas.

En este país caribeño de 11,2 millones de habitantes, la estatal Oficina Nacional de Estadísticas e Información (Onei) reporta una composición racial de 64,1 por ciento blanca, 9,3 por ciento negra y 26,6 por ciento mestiza.

Pero en la oriental provincia santiaguera hay 25,6 por ciento de población blanca, 14,2 por ciento negra y 60,2 por ciento mestiza.

«Como en toda Cuba, acá en oriente tenemos prejuicios raciales, pero tiene una manera diferente de manifestarse», dijo a IPS la lingüista Marta E. Cordiés, que dirige el estatal Centro Cultural Africano Fernando Ortiz, cuya sede en esta ciudad acoge un museo, cuenta con un equipo de investigación y despliega un trabajo comunitario.

La investigadora defiende que «el problema socioracial hay que estudiarlo casuísticamente porque no funcionó de la misma forma en el oriente cubano», que componen las provincias de Las Tunas, Granma, Holguín, Santiago de Cuba y Guantánamo.

Guantánamo, Santiago de Cuba y Granma son, en ese orden, las provincias del país con más población no blanca, según la Onei, que ha señalado la tendencia nacional al mestizaje. En contraste, en Holguín y Las Tunas 80 por ciento y 74,6 por ciento de sus habitantes se identificaron como blancos en el último censo, realizado en 2012.

Cordiés y otros especialistas y activistas antirracistas suman coinciden en indicar que la discriminación por el color de la piel es el problema menos reconocido, a nivel social y de las autoridades gubernamentales, en comparación con otros como los que atañen a las mujeres, los homosexuales o los transexuales.

A juicio de la experta, «hay una serie de focos discriminatorios en la sociedad contra los cuales tenemos que luchar», incluso en Santiago de Cuba donde precisó que históricamente el racismo no ha sido tan marcado como en La Habana o Camagüey.

«Santiago y el oriente cubano en general tuvo una gran población afrodescendiente, que marcó los hitos culturales. La herencia africana aquí se percibe un poco más porque ese porcentaje de la población conservó y transmitió de una generación a otra, usos, costumbres, tradiciones, cuentos, maneras de decir», detalló.

Y a ese legado africano, que tiene ejemplos únicos en el este de Cuba, se aboca el trabajo poco conocido a nivel nacional del centro dirigido por Cordiés.

Además, su relevancia ha crecido desde que comenzó el Decenio Internacional para los Afrodescendientes, que estableció las Naciones Unidas para el periodo 2015-2024 y que ha ayudado al reconocimiento de este grupo poblacional.

«África es una raíz que ha dado verdaderos frutos en el oriente cubano», defendió la directora del centro que investiga «cómo pervive y se mantiene esa cultura» a través de aspectos tan desconocidos como las lenguas de origen africano que aún se usan o la situación más vulnerable de las mujeres negras y mestizas.

También estudia las migraciones de otras islas caribeñas que entraron por el puerto de Santiago, sobre todo entre 1940 y 1950, para asentarse en oriente por lo general. Entre otras, el centro identificó comunidades de angloparlantes de islas de la Mancomunidad británica en Guantánamo y Las Tunas, y algunas netamente haitianas en Guantánamo.

Escasamente reconocida, esa migración caribeña contribuyó a bordar con otros colores el legado africano en la región oriental, que llegó primero de la mano de las mujeres y hombres traídos como esclavos por los colonizadores españoles, entre los que predominaron del grupo sociolingüístico de más de 400 etnias llamado bantú.

Ataviados con trajes blancos y coronados con coloridos pañuelos, los bantú encarnan la transculturación caribeña a través de artistas que mantienen en las sociedades de Santiago de Cuba y Guantánamo expresiones como la llamada Tumba Francesa, una danza y baile que llegó desde finales del siglo XVIII de Haití y combina música africana y bailes franceses de salón.

«Nuestras acciones van dirigidas fundamentalmente a la masa juvenil e infantil, porque los diferentes niveles de enseñanza no tratan el tema de África de manera fuerte, apenas pinceladas y siempre es recurrente la presencia del esclavo, los barracones y cimarrones y no tanto la herencia cultural», detalló María Liduvina Verges.

Coordinadora del grupo editorial del centro y del proyecto infantil Mi Abuelo Negro, Verges indicó a IPS que trabajan para hacer llegar estos temas «de manera agradable y asequible para nuestros niños y jóvenes, de modo que los motive a saber más de este continente y su presencia en nuestras raíces».

«Si bien todo el mundo asimila que la presencia africana es constante en la cultura, no todos asimilan que los negros estén en la sociedad. Ahí entra el prejuicio racial», lamentó Cordiés, sobre ese contraste provocado por la persistencia de la discriminación «que hace muchísimo daño».

Esta especialista, quien también integra la Comisión José Antonio Aponte, de la no gubernamental Unión de Escritores y Artistas de Cuba y único espacio legal para analizar la discriminación racial en el país, aportó su visión sobre el uso del término afrodescendiente.

«Es un término acuñado desde el punto de vista científico e investigativo para poder englobar los problemas», explicó. «Casi nunca lo uso en el caso cubano porque prefiero hablar de una comunidad cubana que tiene usos y costumbres, una raíz africana, europea y aborigen», amplió la filóloga.

Como en otros países, en Cuba la denominación de afrodescendientes o afrocubanos recibe rechazo en amplios círculos oficiales e intelectuales, aunque en otras áreas del activismo antirracista y la academia suele ser usada y defendida, porque tiene connotaciones de reconocimiento de grupos históricamente vulnerables.

El estudiante universitario Javier Alejandro Bonne, nieto de Cathcart, tampoco se identifica como afrodescendiente.

«Pienso que es un término racista, con una intención oculta… Nosotros tenemos antepasados caucásicos también, pero como somos fenotípica y orgullosamente negros, se cae en la separación», analizó el joven, para quien esa distinción no es necesaria en Cuba, donde «somos iguales aunque hay racismo como en todo».

Edición: Estrella Gutiérrez



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