La irresponsabilidad como marca país

Manuel Vólquez, periodista.




Nuestro país se cae a pedazos. No hay orden ni disciplina. A nadie le duele. Está con la cabeza hacia abajo.
Las últimas tres décadas, la República Dominicana ha descendido de manera estrepitosa a niveles de descréditos internacionales al extremo de que ya no nos caben acusaciones sobre el comportamiento de nuestros gobernantes y gobernados.

Siempre comento con amigos y familiares qué pasará con la generación que nos reemplazará (hijos y nietos) en el futuro mediato, pues no estamos educando para formar hombres y mujeres capaces de enfrentar y corregir los males que nos están conduciendo a una hecatombe.

Complacemos a nuestros niños comprándoles Tablet, celulares y otras tecnologías que al paso de los días los están convirtiendo en personas irracionales, es decir, en «zombis (muerto viviente).

Los niños se pasan más tiempo jugando con esos equipos electrónicos, incluyendo la televisión, que con los libros escolares. Ya no quieren realizar operaciones aritméticas con el método antiguo, a manos y razonando, si no es con una calculadora.

No dedican mucho tiempo a las tareas asignadas en los colegios y escuelas públicas, pero en cambio pasan hasta ocho horas con esos dispositivos.

Es la razón, entre otras, por la que tantos escolares sacan malas calificaciones casi en todas las asignaturas y llegan con deficiencias intelectivas a las aulas universitarias.

Padres de esta época les complacen en todo, pero no son capaces de sentarse con ellos para ayudarlos con las tareas porque dedican más horas a la televisión, a la bebentina y a otros entretenimientos, que a la familia.
Un estudio reciente difundido en la prensa indica que el 67% de los padres o tutores no supervisan a los niños o adolescentes cuando están usando celulares.

Esa es la realidad. Me atrevería a administrar la idea de que irresponsabilidad social ya se ha convertido en una marca país.

Los niños, incluso, crean grupos de amigos en WhatsApp para comunicarse informaciones e intercambiar juegos peligrosos para su desarrollo mental, sin ninguna supervisión. Esa red es aprovechada por adultos de mentes enfermas, por pedófilos, para pasarles videos pornográficos y otras indelicadezas.

Estamos dejando solo a nuestros hijos, a merced de las cerebros endemoniados.
Así están las cosas. Tenemos leyes severas para imponer disciplina y orden, pero no se hacen cumplir mientras la ciudadanía actúa como chivo sin control.

Al parecer, y es lo más preocupante, a nuestra clase gobernante no le interesa tener una población disciplinada, educada y respetuosa de las leyes. Eso tiene una explicación: mientras más ignorantes son los gobernados, más fácil son de manipular en términos electorales. Así ha sido siempre y lo será, si no creamos conciencia en la generación que nos sustituirá.

Por eso vemos a diario a padres de familias dando malos ejemplos, arrojando desperdicios en las calles, tomando alcohol, haciendo actos repugnantes, mientras son acompañados de los hijos.
Y ni hablar del caos en el tránsito vehicular terrestre. Nadie respeta las señales ni las normas de cortesía ni el derecho al paso peatonal, circulan en vía contraria sin luces, licencia ni seguro de ley.

No hay respeto a la autoridad, porque la autoridad es la primera en violar las leyes.

En tanto, el tráfico de influencia es alarmante a todos los niveles. Es una patología que arrastramos desde hace más de seis décadas y tal parece que no tiene cura, por ahora.