La invasión haitiana, pues, nos tiene en una encrucijada muy compleja, difícil y delicada.
Todos los nacidos en el planeta tenemos una nacionalidad, la que nadie discute y raras veces se pone en duda. De tal forma, que sea por haber nacido en un territorio, o por ser hijo de quienes ya la tienen, podemos obtener una nacionalidad, siempre que existan leyes que lo reafirmen.
Esto lo saben hasta los ´chinos de Bonao´ y los vecinos de cualquier patio en nuestro querido país., los campesinos, obreros, técnicos y profesionales de todas las ramas. Todo el mundo.
Pero resulta que el tema de los haitianos residentes en nuestro país, sin documento alguno que los identifique y personalice, nos mantiene en una situación que podría convertirse en lo que nadie desea, aspira o sueña.
Los dominicanos nos sentimos orgullosos de nuestro país, tal como los haitianos del suyo, aun bajo las precariedades y desigualdades en que sus mayorías viven y han sobrevivido.
Y esto es tan real que tanto los dominicanos como los haitianos pueden obtener otra ciudadanía sin dejar de ostentar la propia, esa donde nacieron o donde crecieron, donde amaron y fueron amados, donde respetaron y fueron respetados.
Los dominicanos que son ciudadanos de USA agradecen siempre todo lo alcanzado en esa gran potencia mundial. Pero cada vez que pueden, con grandes sacrificios, regresan a compartir con los suyos en determinadas fechas de cada año.
- Y allá, con algunas excepciones de traficantes de drogas, cumplen con todas las reglas, disposiciones y leyes del Estado en que se desenvuelven, incluyendo las del tránsito vehicular y el pago de impuestos.
Los haitianos residentes aquí, INDOCUMENTADOS en un 99 por ciento, van también a su país a compartir lo adquirido en duras faenas locales, aunque nunca dicen sentirse agradecidos del trato y paga recibidos. Y vuelven al nuestro con la ´asistencia´ de corruptos, civiles y militares, pues para ellos ´no hay de otra´. Aquí no están ni se sienten bien, pero allá, en su Haití querido, no hay hornos ni galletitas.
Ellos nos invadieron y gobernaron de manera cruda durante 22 años, (de 1822 a 1844), aunque por el trabajo de Juan Pablo Duarte y otros patriotas aspirantes a un país libre, soberano e independiente de toda potencia extranjera, nos separamos de Haití y de sus patronos, guardianes y costumbres.
Desde entonces, los haitianos no han dormido tranquilos por querer gobernar en nuestro país, luego de destruir el suyo.
Y, mal que bien, como CRISTIANOS en el más alto significado de esa palabra, nos hemos llevado, hasta comprender ahora que la invasión silenciosa y absurda, natural o concebida por terceras potencias, nos tiene al borde de la locura o de enfrentamientos violentos, algo que nadie desea.
Algunos pocos dominicanos, muy ilustres ellos, apoyan a los haitianos (sin documento alguno que permita atender sus peticiones de residencia o ciudadanía), además de insultar a los criollos que dicen ser patriotas y nacionalistas.
Esos ilustres amigos, camaradas, compañeros o como quiera que se les llame, olvidan que los DOMINICANOS sí tenemos derecho a manifestarnos en contra de los yanquis, rusos, chinos, venezolanos o HAITIANOS, que entendamos nos causen daños o no reconozcan ni agradezcan nuestro comportamiento público nacional e internacional.
Personajes, por demás, que se creen y consideran los ´papaúpas de la matica´, los señores más capacitados de la ´bolita del mundo´, los que nunca odian y los únicos con derecho a criticar a los yanquis, aunque no a rusos, a chinos o a haitianos.
Esto nos ha llevado a un gran HOYO, al hoyo de Friusa, en donde al igual que en otras docenas de ´guetos´, miles de haitianos viven y sobreviven sin respetar nada ni a nadie, y sin agradecer ni reconocer lo poco que obtienen en el país.
La invasión haitiana, pues, nos tiene en una encrucijada muy compleja, difícil y delicada, debido a que como CRISTIANOS debemos amar al prójimo como a uno mismo, pero como ciudadanos de la REPUBLICA DOMINICANA debemos defenderla hasta la muerte de intrusos, malévolos o invasores, por ser hijos de Duarte, Sánchez y Mella, y no de Louverture, Lincoln, Fidel, Lenin o Mao Tse Tung.
Así como los cubanos, rusos, chinos, yanquis o venezolanos defienden sus Patrias, sus banderas, himnos y culturas, los dominicanos tenemos el derecho a defender las nuestras y los principios que dieron origen a nuestra nacionalidad. Y a enarbolarlos. Opóngase quien se oponga.
Yo primero soy dominicano, sin importarme lo que piensen los que aquí se consideren eruditos, príncipes y únicos con derecho a criticar a quienes aman y defienden libertades y derechos humanos, sin tener previamente que pedir permiso para hacer llamadas telefónicas, conseguir pasaportes o viajar a otros lugares del mundo.
Mis saludos para los que dicen que los dominicanos odiamos, que somos racistas, discriminadores, nazistas, o que no queremos saber de los haitianos, a pesar de que tres millones y pico residen aquí, trabajan, comen, duermen y hasta envían dinero semanalmente a sus familiares en Haití, tal y como lo hacen los solidarios dominicanos residentes en USA, EUROPA y otras partes del globo terráqueo con sus pares locales.
Los que quieran y puedan ir a las marchas anunciadas para este mes que lo hagan, sin violencia alguna, y sin que nadie los objete ni los acuse de lo que no son ni anhelan ser, ya que al hacerlo están irradiando el odio que ven en otros.
Yo ya estoy muy viejo para acompañarlos. Lamentablemente.
3 de abril de 2025.